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En estas fechas navideñas solemos hacernos conscientes, más que en otras épocas del año, de cómo están nuestras relaciones afectivas con la familia.

Aún siendo fechas de reuniones y compartires, suelen estar cargadas de conflictos y malestares. No nos damos cuenta de que todas las viejas historias y deudas emocionales se activan en todo su apogeo cuando nos vemos obligados a celebrar juntos, muchas veces sin sentirlo ni desearlo. Entre turrones y champagne, esa cercanía impuesta nos despierta memorias y nos abre la herida.

Y estas viejas historias son las protagonistas del artículo de hoy. Podríamos enfocarlas desde muchos ángulos, pero del que quiero hablar hoy es el del territorio. Muchos conflictos que se viven en el seno de las familias tienen que ver con el espacio que se ocupa, el rol que se tiene y la repartición del amor.

El concepto de territorio está totalmente ligado a esta realidad material en la que entramos una vez somos concebidos. Es cuando empezamos a desarrollar un cuerpo hecho de materia, que se alimenta y que interactúa con el entorno.

Así que el primer territorio en el que vivenciamos lo que significa ocupar un lugar, es en el vientre de nuestra madre. A nivel biológico nos parece obvio que ese cuerpecito de embrión, que empieza midiendo unos pocos milímetros, acabe por ocupar todo ese espacio intrauterino y nos es difícil creer que ese Ser pueda no sentir que realmente ocupa su lugar. Pero ya sabemos que la realidad material y nuestro resentir emocional pueden diferir radicalmente.

Hay diferentes motivos por los cuales un bebé puede tener la sensación de no poder ocupar su lugar.
El más importante es el hecho de no haber sido buscado por los padres. Un bebé no deseado puede sentirse como un okupa e intentará, en la medida de lo posible, no hacerse notar. Ese bebé, una vez adulto, tendrá muchos resentimientos que aflorarán en las reuniones familiares, porque seguirá sintiendo que no tiene un lugar en esa familia. Se sentirá excluido, ignorado o incluso burlado o atacado por los demás.

Si hay presencia de hermanos eso puede hacerse más notorio. La comparación es inevitable y suele ocurrir que se hace diferencia entre hermanos, favoreciendo más a unos que a otros. Pero hay algo más que alimenta la competitividad y el conflicto con los hermanos. 
Se trata de la memoria del gemelo.

Haber tenido gemelo y haberlo perdido es una experiencia que deja muchas marcas, dos de ellas muy importantes para nuestras relaciones futuras en la familia.
Una puede ser la culpa. Muchas personas ya vienen a este mundo sintiéndose culpables de no haber podido hacer nada por salvar a su hermano o hermanos, o incluso llevan la culpa de haberle hecho algo directamente para que desapareciera. Hay personas que recuerdan haberse sentido invadidas en su espacio intrauterino por la presencia del gemelo y haber deseado que se fuera y creen que no hicieron nada adrede.
Esta culpa hará que en su familia tomen un lugar de segundo plano, sin pedir nada, sin reclamar para si, pero sintiendo un profundo dolor y rencor por ser menos que los demás. Se auto-excluyen y luego se sienten mal por no tener los mismos derechos que el resto de hermanos o familiares.

Otra es el enfado por ser abandonados por el hermano gemelo. Esta pérdida le resulta totalmente incomprensible al bebé superviviente y siente un gran enfado por quedarse desamparado sin compañero de juegos y sin apoyo para salir al mundo de fuera.
Este enfado luego lo proyectan en los hermanos nacidos después. Internamente se les recrimina no haber nacido al mismo tiempo, sino después, y esto causa muchas rencillas que se mantienen hasta la vida adulta. Además sienten muchos celos de ellos, porque sienten que son más importantes, que reciben más atenciones que ellos. Y esto no es sólo porque son más pequeños, sino porque cargan con esa culpa que les hace sentirse menos en general.

Otra causa de malestar y conflicto en la familia, que también tiene su origen en la huella gemelar es la confusión de roles. Muchos rencores en los hijos hacia sus padres es que o bien el padre o bien la madre no hacen el rol que les toca, sino que hacen más de hermanos o incluso gemelos. Esto crea mucha confusión en esa relación de padres-hijos y además genera una sensación de soledad o ausencia de figuras referentes para el hijo o hija, que no quiere una relación fraternal sino una relación de límites, protección y reconocimiento. La falta simbólica de padre o madre hace que las relaciones se tornen tensas, teñidas constantemente por ese rencor.

El encuentro con el gemelo perdido tiene un efecto sanador inmediato en nuestras relaciones con los padres y hermanos, en primer lugar porque damos a cada uno el lugar que le corresponde, incluidos nosotros mismos. Nos ayuda también a hacernos cargo del enfado y tristeza originales, arreglándolo directamente con quien estuvo implicado en esa experiencia primera, que fue nuestro gemelo o gemelos. Esa primera relación íntima de amor y compañía la dejamos de sentir con rencor y culpa y surge el amor y la comprensión, que se expanden hacia nuestra familia y hacia nuestras relaciones afectivas en general.

Sobre todo salimos de la creencia de que hay algo malo en nosotros, de que no nos merecemos nuestro lugar en la familia y eso hace que lo ocupemos sin tapujos, poniendo límites donde es necesario y reclamando lo que es nuestro desde el amor.

Por Catherine Hansen – Terapeuta de las Memorias Prenatales